Sembradora del saber

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Por: Anabel Martínez Torres

Tras 37 años de servicio docente, Celia del Carmen Ortiz Zapata hoy disfruta de su jubilación rodeada de sus hijos, nietos y recuerdos que hicieron de su etapa laboral la más memorable.
Egresada del Instituto Campechano a los 16 años como Maestra de educación básica, se especializó en matemáticas y psicología para reforzar su vocación y brindar una formación integral a las generaciones que estuvieron a su cargo. A 18 años de su retiro, su mayor consejo a las nuevas generaciones es disfrutar cada segundo de la docencia pues en ellos están las semillas de un mejor país.

¿Cómo nace su vocación docente?
Nace de la forma más inesperada, yo pensé que quería ser doctora hasta que las circunstancias de la vida me impidieron hacerlo y tomé la Normal Superior. El tiempo me hizo comprender que esta es mi verdadera vocación y que había nacido para servir y apoyar a todos aquellos niños en su educación inicial. Me gradué del Instituto Campechano a los 16 años, así que tuve el tiempo suficiente para especializarme en matemáticas y psicología, esta última me abrió un panorama muy distinto para comprender y saber orientar a los más pequeños de la clase para que no desistan de sus sueños.

Terminó muy joven su educación profesional ¿Se sintió en desventaja?
Eran otros tiempos, se aprovechaba la juventud y la paciencia para educar, y si bien los tiempos cambian, hoy puedo decir que cumplí 37 años al frente de grupo y conocí cada faceta de mi profesión, pues supe lo que es esforzarse porque un niño aprenda a leer, pero también el reto que implica para un adulto aprender a hacerlo. Di clases en Jalisco, Michoacán, Valle de México, Tabasco y Campeche, aquí pasé los 23 últimos años de mi actividad laboral en las escuelas primarias Carlos Sansores Pérez, Venustiano Carranza y finalmente me jubilé en la Héctor Pérez Martínez.

¿Qué han significado estos 37 años de docencia para usted?
Mi vida entera. No sé que habría sido de mí si hubiera estudiado medicina. Estar al frente de grupos, compartir con la niñez sus sueños, sus anhelos y ayudarlos a perseguirlos, a estudiar para ser mujeres y hombres de bien es el mayor reconocimiento que puedo tener después de jubilada. Cuando me saludan en la calle, me hace sentir orgullosa de verlos ya con familia propia, muchas veces me cuesta recordarlos rápidamente pero hay miradas, sonrisas, cara y voces que son imperdibles. Si por mí fuera seguiría trabajando, fue un honor ser maestra.

¿Cuál sería su principal consejo a las nuevas generaciones de maestros?
Que disfruten lo que hacen, que enseñen con vocación porque no puedes saber si tienes en tus manos a un doctor, un licenciado, un psicólogo o al próximo Presidente de la República, cada niño tiene el potencial de llegar a la luna si tiene una red de respaldo que le enseñe que con esfuerzo todo es posible lograr. A veces pienso que los maestros ahora están más preocupados por ser evaluados que por servir, cuando la vocación es el eje primordial de todo buen maestro.