Nuestras estaciones

10

La vida pasa. Los días, los meses, los años. En el cine, la representación se hace con una toma de transición, generalmente son bellísimas, algunas muestran el cambio de las estaciones, con las flores de la primavera, el sol del verano, el volar de las hojas al viento luego de caer de los árboles, rindiéndose al otoño y la frialdad casi asesina del invierno.
Los seres humanos vivimos continuamente esos cambios de estación en las diferentes etapas de nuestras vidas, con renacimientos estupendos cuando hemos logrado saltar las adversidades, cual primavera en que florecen nuestras victorias.
Sin temor a equivocarme, todos hemos pasado por etapas de desenfreno que nos hacen reflexionar y madurar, otras han sido de franca depresión o de frustración, de deseos inalcanzables, de sueños rotos o de amores que nos dejan con el alma rota.
De todas esas adversidades, en las que pensamos que no saldríamos vivos, logramos aprender.
Apenas voy por la mitad del camino y veo lo que me falta.
Creo que todos alcanzamos a ver lo que nos falta, esperando que no nos gane la muerte y nuestro camino sea más corto de lo que pensamos.
Pero aprendamos de quienes ya han pasado por más adversidades. Decía mi abuelo, por ejemplo, que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
El pasar de los años, el superar nuestras “estaciones”, deben darnos no madurez, sino experiencia y sabiduría.
La vida y la muerte, entonces, tienen una relación hermosa y por supuesto que si vives plenamente cada proceso, dándote el permiso de llorar cuando hay que llorar, de caer, de fracasar, de triunfar y ser feliz cuando la ocasión se presente, la muerte entonces será también una situación que se acepta con proeza.
Le cuento esto, con motivo de mi cumpleaños. Reflexiono con base a la reciente pérdida de mi abuela, de quien aprendí, entre otras cosas, que cocinar es una forma de decir te amo, que un esposo siempre debe ser un compañero, quien debe darte el espacio suficiente para calmar tus ratos difíciles, compartir los momentos de alegría y a veces, cerrar con cara de enojó una puerta para luego abrirla con la mejor de las sonrisas.
Aprendí también que para toda fiesta, hay que ir preparado con regalos y haber comido antes; nunca olvidaré que al salir de casa siempre debo llevar un suéter o un rebozo. Aprendí que si no puedo caminar, al menos puedo dejar que los demás me ayuden. Finalmente me enseñó que, irse de este mundo también debe ser un acto silencioso y tranquilo.
Los 35 años a los que llego, son la suma del aprendizaje que recibí de mis abuelos, cada letra que escribo y les convido, invariablemente, son para ellos y en honor a ellos, esperando que les sirvan para sus propios cambios de estación.