¿Quién soy?

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¿Quién soy? Esta misma pregunta me la he hecho desde pequeña. También me la formularon en la iglesia cuando tomaba cursos ahí, en talleres de superación o en las terapias psicológicas. Aunque puede parecer una pregunta fácil, pocos pueden responderla con asertividad.
Desperté un día y me vi confrontada con mi realidad. No supe cómo abordarla y luego, decirla a mis papás, a mi familia y amigos, y sobre todo a mi abuela.
Esta respuesta que me ha atormentado desde que descubrí que mi identidad sexual también tenía mucho que ver con mi personalidad y con todas las decisiones de mi vida.
Claro… soy heterosexual. Entonces las puertas del mundo han estado abiertas y solo me han juzgado por haber nacido mujer y por crecer como gorda. Al menos el estereotipo de género lo he respetado.
¿Pero qué hubiera pasado si mi naturaleza hubiera sido diferente? ¿Qué pasaría si en lugar de haber decidido vivir mi heterosexualidad, mi confrontación hacia mi persona me hubiera llevado por otra selección? ¿A qué me hubiese enfrentado si por ejemplo fuera lesbiana?
De verdad que mi abuela, mi madre y mis amigos me hubieran señalado y puesto etiquetas como “machorra”.
¿Usted se ha puesto en el lugar de las personas que no son como usted? Que no ejercen su heterosexualidad sino quizá su homosexualidad, su transexualidad, su pansexualidad. ¿Conoce usted el término de pansexualidad o queer?
Del desconocimiento, de la negación, de la ignorancia, de la intolerancia han nacido esos términos para denostar a las personas, que las etiquetan y las agreden.
Hasta ahora caigo en cuenta de que no hemos respondido a esa pregunta de “quién soy” y ese es un triste camino hacia la discriminación que nos hace agredir a los demás por haber decidido hacer de su vida lo que les hace feliz.
En el camino de la ignorancia han muerto muchos y muchas. No es lógico que cataloguemos o califiquemos a las personas no por lo que son, por lo que pueden aportar al mundo, a la ciencia, al arte, por sus conocimientos, por sus sentimientos, por sus acciones humanitarias sino por con quienes se acuestan.
El camino de la inclusión, en cambio, es tenebroso, escarpado, desolado. No se trata de una cuestión religiosa o de valores, se trata de respetar lo que cada quien en su soberana autonomía elija.
Calificar a las personas por su elección sexual se me hace ahora tan absurdo como discriminar a la gente por lo que elige comer.
“Lo siento joven, en este establecimiento no aceptamos agente como usted que es ‘homolechugal’. Lo toleramos pero no podemos entenderlo. Por favor, busque otro restaurante”.
¿Le causó risa? Esa misma risa debe dar la discriminación, la de cualquier tipo. No veo la razón de tanta violencia para las personas que no son heterosexuales.
El camino de la igualdad es todavía muy largo, el machismo persiste y duele cada vez más en cuanto se le piensa desde un sentido más humano.
Podemos comenzar desde nosotros mismos a cambiar este cuento de horror y de crímenes que vivimos en el país, no tolerando a los otros sino buscando el respeto por los seres humanos en general.
Creo que un buen ejercicio es comenzar por preguntarse: ¿Quién soy?

GORDITOS Y BONITOS
En últimas fechas vi en las redes sociales a padres de familia que se desgarran las vestiduras en contra de la educación sexual y de género. La pregunta es, ¿ellos están dispuestos a explicarles a sus hijos sus dudas?