Aprender a gobernar

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Dice un dicho medio majadero pero actual y, en mi opinión, atinado, que no es lo mismo ser borracho que ser cantinero. Se refiere desde luego a que una cosa es entrar como parroquiano a un bar a tomarse unos tragos y pasar un buen rato, y muy otra es ser el dueño o responsable del bar y tener que cuidar que todo esté bien, que haya bebida en cantidad y variedad suficientes, que haya hielo a raudales, abundante y sabrosa botana, que todo esté limpio, que la atención sea rápida, en fin, que se den los elementos para que el negocio sea tal y funcione, a diferencia del consumidor que llega esperando que todo sea de su agrado.
Ambos, borracho y cantinero, están en el mismo lugar pero sus perspectivas y expectativas son harto diferentes. Si por alguna circunstancia el borracho se convirtiera en el dueño del lugar se daría cuenta muy pronto de que se le acabó la diversión, que al menos en horas hábiles de su negocio no va a poder beber ni departir con los amigos, que tendrá que estar pendiente de sus empleados, que tendrá que hacer a diario un corte de caja para saber si tiene pérdidas o ganancias, que tendrá que dejar limpio el lugar antes de irse y estar puntual al día siguiente para abrir, que si alguno de sus clientes no recibe el servicio que espera se puede echar encima un enemigo, alguien que hablará mal de su bar. Y eso por no decir nada de la competencia, antes, como borracho, podía ir a cualquier bar y exigir un servicio de calidad; ahora, como cantinero, descubrirá que el único bar que existe para él, el único que debe importarle, es el suyo propio y que es mucho más fácil perder un cliente por cualquier nimiedad que ganarse uno nuevo a diario.
En fin, se acabó la diversión del borracho y empezó la responsabilidad para el cantinero. Algo así está empezando ya a enfrentar el nutrido ejército de morenistas al que los electores otorgaron el mando del país el pasado 1º de julio. Como oposición que siempre habían sido, perredistas, petistas, mocistas, expriistas por elección, están acostumbrados a llegar a los recintos parlamentarios o de gobierno armando un escándalo, pancartas, lonas, gritos, porras, exigencias estridentes, interpelaciones y hasta amenazas a la autoridad establecida han definido y marcado a muchos que de ser oposición de pronto pasaron a ser mayoría, a ser cantineros.
Ahora tendrán que aprender a comportarse como personas serias, las cabezas de cerdo, las máscaras, los cánticos y expresiones de devoción a su máximo líder deberán quedar atrás si quieren estar a la altura del reto. Lamentablemente, no fue lo que vimos en la instalación del Congreso de la Unión hace unos días cuando los morenistas siguieron actuando como la oposición más ultra, ahora envalentonados por la cómoda mayoría que les brindó la ciudadanía. Algunos especímenes, como el señor Fernández Noroña, más parecen cómicos baratos, de pueblito, venidos a más y no políticos verdaderos que quieren ejercer el poder con responsabilidad.
Dicen que la costumbre es ley, cuántas veces nos descubrimos yéndonos por la ruta de diario cuando el destino es otro. El hábito no hace al monje pero resulta difícil quitarse esa prenda después de tantos años y pretender que nunca la han vestido.
Otro tanto está sucediendo con la impaciencia por gobernar aunque todavía no sea 1º de diciembre, disponiendo y anunciando a diario medidas, programas, acciones, a tal punto que cierta parte de la sociedad, confundida, está ya esperando resultados de quienes aún no ejercen el poder aunque parezca que sí. Y aunque no sea el producto buscado, algunas capas de población, sordamente pero ya se oye, han empezado a quejarse. Los foros para la seguridad, pacificación o como se les llame se han convertido por ratos en cajas de resonancia de la inconformidad ciudadana que no entiende que todavía no es 1º de diciembre, probablemente porque los futuros hombres y mujeres del poder actúan como si ya fuera.
La sociedad espera responsabilidad, serenidad, seriedad, buen juicio, espera hombres y mujeres de Estado y no remedos de payasos de circo que apelan al ridículo y al escándalo para tratar de asegurar otra posición en tres o seis años. Aunque, para seguir con los refranes, también dicen que la culpa no es del indio sino del que lo hace compadre, usted, ¿qué opina?