Lluvias benditas

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Las gordas también…
Karla Sansores

Tengo miedo de las lluvias fuertes y los truenos…las tormentas eléctricas, en las que las nubes parecen tocar tambores infinitos, de otros mundos, de apocalipsis colapsando el tiempo, me causan una terrible ansiedad y temor de morir.

Atribuyo eso al recuerdo del Huracán Gilberto en 1988, que destruyó las incipientes ciudades de Quintana Roo que todavía no se sabía que se convertiría en una zona de excesos turísticos. También pasó por Campeche, por mi casa, lo vi por la ventana y confieso que cada que hay mal tiempo con truenos y rayos, prefiero ir y dormir, para no escuchar esos sonidos del terror.

Sin embargo, al pasar de los años, viví otra experiencia relacionada con los fenómenos meteorológicos, en este caso, los huracanes Opal y Roxana, ambos eventos en septiembre y octubre de 1995.

En casa había un bebé y una familia completa cuya casa fue pérdida total por la terrible inundación que se vivió en el estado. Mis abuelos quedaron casi incomunicados.

Sin embargo, pese a las peripecias que vivieron mis papás y mis tíos, esa es la fecha que recuerdo con más cariño en mi vida. ¿Cómo puede una catástrofe ser lo mejor que me pasó?

Le cuento: de pequeña amaba leer, como todos los niños aman la lectura y el arte. Con esa ávida curiosidad de saber historias y finales diferentes, con descripciones de mundos y lugares que no se han conocido o creado.

Tenía a mi disposición los “Libros para niños”, como las adaptaciones ilustradas de Las Mil y una noches, Tom Sawyer, Mujercitas, entre otros.

Pero en la época en la que un niño (o niña) no puede jugar ni salir a causa de una casa inundada, descubrí en casa el más grande secreto que tenía: los libros de mi papá. Los libros “para adultos”.

Yo recuerdo en ese momento que, al no tener acceso a los libros de niños, accidentalmente, encontré en un estante uno de color verde llamativo y trazos de acuarela que decía “El llano en llamas”.

Yo no sabía que ese escritor sería uno de los más grandes en la historia de la literatura mexicana.

Lo único que supe a los 11 años de edad, es que ese libro causó una explosión efervescente en mi cerebro. Juan Rulfo, con sus letras, me llevó a paisajes que no conocía, lejos de mi tierra tropical.

Lugares pedregosos y secos, de tierra yerma, de trabajo arduo bajo soles pálidos y tierras secas que pelearon para usar y se teñían de sangre.

Desde entonces, los libros y yo, la lectura y mi vida, han estado presentes en procesos que de repente se me escapan de las manos. ¿Cómo olvidar a la “Hermana agua” de Amado Nervo, cuyas gotas son una pócima para librarse de la tristeza?

Las lecturas que hacemos en la vida, a través de los libros o las vivencias, nos pueden definir como personas. Modifican parte de nuestro ADN al interior de nuestras mentes, para llevarnos a ser o pensar en lo que queramos.

Estas son las historias que se cuentan en las Jornadas de Fomento a la Lectura que se realizan en Campeche del 18 al 20 de octubre en la Casa de la Música.

Estas actividades son parte de las acciones que la licenciada Norma Lladó gestiona para lograr que todos los mediadores de lectura aprendan, convivan, analicen la situación de lectura en Campeche y hagan crecer los acervos literarios al servicio de los mexicanos.