El Cardenal del poder

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Bien dicen que no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista. Esta semana que termina, por fin, llegó al final el reinado del Norberto Rivera al frente de la arquidiócesis primada de México (por cierto, cabe aclarar que se le llama primada por haber sido la primera en existir al inicio del periodo colonial, no porque tenga primacía sobre las otras arquidiócesis del país, todas son iguales en rango). No he usado a la ligera el término “reinado”, lo que durante 22 años hizo el señor cardenal fue ejercer con total autoritarismo un ministerio totalmente alejado del grueso de la población católica de la ciudad de México, ajeno a las necesidades cotidianas y espirituales de la grey y muy cercano al poder, al poder civil, al poder político y al poder económico de una de las más grandes metrópolis de América Latina.
Bernardo Barranco, sociólogo estudioso y especialista en asuntos religiosos, con un interesante programa semanal en Canal 11, Sacro y Profano, nos obsequia el libro Norberto Rivera, el cardenal del poder, en el cual ha coordinado las plumas de especialistas en la materia y de seguidores de la trayectoria del cardenal. Aunque desde luego tiene sus novedades esta obra, creo que su verdadero mérito consiste en reunir con espíritu crítico una serie de opiniones documentadas y fundamentadas sobre la actuación del cardenal durante su ejercicio como arzobispo de la ciudad de México y, sobre todo, de las consecuencias que para esta enorme circunscripción, incluso quizá para los no católicos (que ahora son más de los que así se declaraban hace unos 30 años) ha tenido el derrotero cardenalicio.
Para empezar por alguna parte, el cardenal Rivera ejerció con entusiasmo la simonía, que es la acción de sacar provecho personal de cargos eclesiásticos o de bienes espirituales. El mejor ejemplo, que no el único, se dio cuando consiguió del entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, la donación de un extenso terreno para la construcción de la Plaza Mariana, un centro comercial básicamente hablando, junto a la Basílica de Guadalupe, el centro de peregrinación y santuario más visitado del continente americano, y el que produce los mayores ingresos económicos en el país y, claro, de la arquidiócesis. Fue una transa muy ventajosa para ambas partes, la iglesia recibía gratis un enorme terreno supuestamente para fines piadosos y, dicen los que algo saben de esto, AMLO se ponía bien con quien estaba en posición de influir sobre la grey católica en beneficio de sus aspiraciones presidenciales.
Los negritos en el arroz fueron que AMLO regaló lo que no era suyo, ya que comerciantes establecidos legalmente en ese terreno se vieron despojados de un día para el otro. Iniciaron pleito legal para defender su medio de vida y al final, con engaños, acabaron perdiendo su patrimonio, en un litigio que al parecer continúa en algunos casos. Todo sea por una candidatura presidencial.
El segundo negrito fue que pese a que se inició una colecta pública para reunir fondos para la construcción de la tal plaza, esta no se llevó a cabo ni se dio cuenta del dinero recaudado. Años después, el señor Carlos Slim anunció a bombo y platillo que Carso, su empresa, sería la donataria de la construcción, estimada en 900 millones de pesos. O sea que Slim acabó poniendo de su bolsillo el costo de la plaza y la arquidiócesis hizo perdedizo el monto de la colecta.
Otro ejemplo escandaloso de la forma en que Rivera ejerció el poder como arzobispo fue el encubrimiento de sacerdotes pederastas, señaladamente y muy en primer lugar Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, otro exponente del acercamiento acomodaticio e interesado de la jerarquía religiosa con la élite económica del país, que así pretendía comprarse un lugar en el cielo y que cerró los ojos, e incluso defendió vigorosamente a delincuentes comunes, que destrozaron la vida de docenas, quizá cientos, de niños inocentes para satisfacer sus perversiones. Rivera defendió, protegió, encubrió a numerosos sacerdotes pederastas que deberían estar tras la reja y, hay que decirlo, con la protección del poder político y económico, él mismo libró acciones legales que buscaron y no encontraron hacer justicia antes estos casos terribles.
Solo dos botones de muestra de quién es el cardenal Rivera, hoy pasado a retiro gracias al Papa Francisco. A su sucesor, el cardenal Aguiar Retes, le espera una tarea hercúlea pero impostergable si la iglesia católica quiere recuperar su papel de pastor de almas en una ciudad tan problemática como la capital mexicana. Le deseamos suerte. La va a necesitar.