De tin marín… de do pingüe

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A cada momento la vida, desde el mismo milagro del nacimiento, inicia los enfrentamientos con todas aquellas cosas que en el vientre materno ser alguno jamás imaginó que existieran. El llanto, la risa, los colores, los sabores, los sentimientos, la luz, en fin, tantas y tantas cosas que marcan y dejan huella, pero que también suelen pasar tan desapercibidas como la fugacidad existencial. Ya en la enorme escuela de la convivencia humana y de la coexistencia cuyo propósito es vivir en armonía y equilibrio, surge en su grandeza de nuevo esa genialidad de Albert Einsten que remarca: “educar con el ejemplo no es una manera de educar, es la única”. Porqué es tan difícil de entender todo ello cuando la frase encierra de una manera implícita que la verdadera enseñanza no se esconde en las instituciones educativas de nombres rimbombantes, ni en los libros o enciclopedias “enseñalotodo”, a quienes en su afán de lucimiento y refinamiento de su verborrea se convierten en “aprendelotodo”, olvidándose de la dirección, la proyección y el sentido que marca en cada letra ese genio del siglo XX, al descorrer el velo que esconde tan grande sabiduría que suavemente envuelta en la actitud, demuestra que el ejemplo es el más grande maestro que forma, deforma o condena a quienes de alguna manera, el juicio les permite el uso de la verdad, en la oportunidad de la búsqueda del motivo de su presencia en este mundo terreno.
Ojo, el ejemplo que se dé con la conducta, con el comportamiento, con las actitudes, con el optimismo o pesimismo, con las formas de ver y de aceptar la estancia en la vida, tendrá mucha más influencia que todos aquellos consejos no válidos de donde empieza el tiradero de culpas, con la no aceptación de la parte importante que corresponde en la responsabilidad de educar.
No se puede pedir sinceridad cuando la mentira acompaña a diario la falsa palabra; ¿es acaso congruente cuando se pide actividad y esfuerzo estando en una zona de confort que refleja de nuevo lo falso de la palabra?, ¿Cuándo se pide el apoyo colectivo y evaden esa responsabilidad en los momentos para ello? ¿Qué legado se quiere dejar a la familia y a la sociedad? Se intenta una respuesta en la grandeza de una inocente e infantil frase que dice: “De tin Marin, de Do Pingue, Cúcara Mácara títere fue, yo no fui, fue Teté, pégale, pégale, que ella fue”. Esta letra parte de una leyenda de un oscuro crimen en donde una pobre y joven mujer fue inculpada nada más ni nada menos que por los autores intelectuales de dicho, sin embargo, desconocido crímen: Don Martín “Tin” Marín y el señor Reynaldo “Do” Pingue.
Cuantos culpables andan sueltos a sabiendas de sus diversos crímenes y que son y seguirán siendo los líderes generadores de líderes que continuarán manejando de manera magistral las múltiples cuerdas de sus títeres sociales a los que en todo momento culparán de los crímenes cometidos por ellos y así, de arriba hacia abajo, el coro seguirá su marcha de más castigo a los otros, con pégale, pégale que ella fue, y girando girando se continuará de nuevo con “TIN MARÍN DE DO PINGUE”…
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