Exhortan a aprovechar tiempo que Dios da como un regalo

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El obispo, monseñor Ramón Castro Castro, celebró la misa de Año Nuevo en la Catedral, en la dio su mensaje de felicitación.

Por: Noemí Heredia Bernés

Con el llamado a caminar este 2019 de la mano de María y la confianza de ser hijos de Dios el obispo de Campeche, monseñor José Francisco González González, dio su mensaje de felicitación por el año que recién inicia.
Durante la celebración de la misa de Año Nuevo en la Catedral, el Obispo expresó que al culminar un ciclo se presenta la oportunidad para aprovechar al máximo el tiempo que se recibe de Dios como un regalo.
En este sentido, pidió a los feligreses hacer una oración para agradecer por los días vividos durante el año que finalizó y para encomendarse al Señor en los días que habrán de venir.
De igual manera, en la Catedral como en el resto de las capillas y parroquias de la Diócesis de Campeche se celebró ayer la solemnidad de María, Madre de Dios, la primera fiesta mariana que apareció en la Iglesia occidental.
En esta fecha, se plantea como el mejor de los comienzos posibles para el santoral, abrir el año, con la solemnidad de la maternidad divina de María, pues ella es la principal de todos, pues está llena de gracia por la bondad, sabiduría, amor y poder de Dios.
Los evangelios hablan de ella una quincena de veces; el resumen de su vida entre nosotros es breve y humilde: vive en Nazaret, allá en Galilea, donde concibió por obra del Espíritu Santo a Jesús y se desposó con José; visita a su parienta Isabel, la madre del futuro precursor, cuando está embarazada de modo imprevisto y milagroso de seis meses; con ella convive, ayudando e intercambiando diálogos místicos de agradecimiento en la temporada que va hasta el nacimiento de Juan.
Por el edicto del César, María se traslada a Belén (la cuna de los mayores) para empadronarse y estar incluida en el censo junto con su esposo; la Providencia hizo que en ese entonces naciera el Salvador, dándolo a luz a las afueras del pueblo en la soledad, pobreza y desconocimiento de los hombres, pues él es, es el verbo encarnado, la segunda persona de Dios que ha tomado carne y alma humana.
Ya, en la etapa de la vida pública e Jesús, María aparece siguiendo los movimientos de su hijo con frecuencia: en Saná hace el primer milagro; alguna vez no se le puede aproximar por la muchedumbre o gentío.
En el Calvario, al llegar la hora impresionante de la redención por medio del cruentísimo sufrimiento, está presente junto a la cruz donde padece, se entrega y muere el universal Salvador que es su hijo y su Dios.
Y finalmente, está con sus nuevos hijos que estuvieron presentes en la ascensión de Jesús, y donde se hizo presente el Espíritu Santo enviado, el paráclito prometido, en la fiesta de Pentecostés.
De esta forma, la Iglesia recuerda a la humanidad que María es madre, amor, servicio, fidelidad, alegría, santidad, pureza; la prueba clara del alcance de la divinidad y la humanidad, un ejemplo llamado a seguir.