El prisionero 3725, el Cepillo del caso iguala

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Nadia asegura que el día de la detención su esposo fue torturado con descargas eléctricas en los testículos.

Por Abraham Reza y Vanessa Job / Fotografía de Javier Ríos

Felipe Rodríguez Salgado es uno de los 130 detenidos por el caso Iguala. Está preso en el Centro Federal de Readaptación Social número 1. Es el prisionero con la cédula 3725. Tiene 28 años y es conocido con un alias que lo hizo tristemente célebre: El Cepillo. Él es el presunto responsable de ordenar el homicidio de normalistas de Ayotzinapa, ocurrido hace tres años y poco más de un mes. De acuerdo con sus declaraciones iniciales en la PGR, él recibió la orden de ejecutarlos, y él, a su vez, ordenó matarlos.
Casi tres años después de su detención, este presunto asesino ha decidió hablar para MILENIO, a través de una llamada telefónica desde el penal de máxima seguridad en Toluca, Estado de México.
Cada domingo a las 10 de la mañana suena el teléfono de la casa donde hoy vive la esposa de Felipe Rodríguez Salgado. Ella toma el auricular. Él llama para preguntar cómo está su hijo de 6 años. El lugar al que llama es la casa de sus suegros: un cuarto de 4 por 3 metros, sin fachada y con techo de lámina. Es una casa muy humilde con un amplio patio de tierra. En la entrada hay un zaguán de rejas negras que es resguardado por un perro, encargado de ahuyentar a los curiosos que de vez en cuando se asoman a ver cómo vive la esposa de un “presunto sicario”.
Nadia no es el verdadero nombre de la esposa, pero así pide que le llamemos. Una vez dentro del lugar se dirige a una caja de madera que tiene sobre su cama; quita el candado que resguarda su contenido y saca un par de fotos. Es un inusual recuerdo: son los testículos de Felipe: en éstos se ven dos puntos de color café. Parecen cicatrices.
“El día que detuvieron a Felipe le dieron toques en los testículos, esta foto es de cuando le hicieron el peritaje por tortura”, recuerda la mujer de cabello castaño, piel oscura. Es extremadamente delgada, apenas tiene 27 años, pero parece de 35.
En punto de las 10 de la mañana el teléfono timbra. Es El Cepillo. Nadia corre a contestar; lo primero que ella dice es su nombre, el parentesco y un código de seguridad. En seguida activa el altavoz. En la bocina se escucha una voz joven. Es Felipe Rodríguez Salgado, el del caso Ayotzinapa.
“Si los cité fue para contarles mi verdad, he sido olvidado en esta prisión, no tengo abogados y he tenido que comenzar a llevar mi proceso yo solo. No me han dado sentencia y hace más de un año que no sé qué sigue en esta historia en la que me involucraron”. Catarsis. Justo cuando dice esta última frase la energía eléctrica se corta y la llamada termina. En menos de 50 segundos todo se restablece.
Nadia vuelve a activar el altavoz, pero ahora su voz se escucha nerviosa. “La noche en la que me detuvieron me obligaron a señalar a muchas personas, gente que ni conocía. Yo siempre fui albañil o campesino y si no trabajaba estaba con mi esposa. Estaba tan pobre que a veces hasta ella me mantenía”, parece que ríe un poco.
Las palabras de Felipe son rápidas, solo contamos con 10 minutos para hablar con él. Después del tiempo estimado, la llamada se cortará.
El recuento
Los cargos que se le imputan a El Cepillo son homicidio, crimen organizado y desaparición de los 43 estudiantes normalistas.
“La noche del 15 (de septiembre) estaba en Cocula, no sabía nada, quien me contó fue mi esposa. Yo acababa de llegar porque había intentado entrar a Estados Unidos, de hecho en Ciudad Acuña, cuando me deportaron di mi nombre completo ante migración, si hubiera estado huyendo, hubiera dado otro, pero si dije otra cosa en la declaración del video fue porque me obligaron a decirlo. Me golpearon hasta que les jurara que iba a decir lo que ellos me dijeran”, recuerda.
De acuerdo con la investigación del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), durante las pesquisas de las desapariciones sí hubo al menos 17 casos de tortura contra detenidos. Uno de esos, afirma el GIEI, fue el de El Cepillo.
“Esa noche me dijeron que querían que dijera que pertenecía al cártel de Guerreros Unidos y que era el que participó en la muerte de los estudiantes. Como siempre me negué, me comenzaron a dar toques en los testículos”.
En su primera entrevista, donde cuenta todo lo que hizo, y lo que les pasó a los 43 en el basurero de Cocula, no se aprecia que estuviera mal ni que acabara de ser torturado.
Sin embargo, en enero de 2017 la PGR publicó un comunicado, en el que mencionaba que El Cepillo presentaba lesiones, que pudieran tener correspondencia con ciertas maniobras y acciones de tortura física, pero aclara que el indiciado “se negó” a que se le realizará la evaluación psicológica obligatoria para comprobar ese abuso, tal y como lo establece el Protocolo de Estambul.
Si él hubiera aceptado que se le realizará la prueba, y ésta hubiera comprobado la tortura, y no hubiera más evidencias contra él, estaría fuera de la cárcel. Pero Felipe Rodríguez se negó, la razón, dice, fue el miedo. “Tenía desconfianza a todo lo que me han hecho, pues me han inventado muchas cosas y para no firmar papeles me negué”.
MILENIO tuvo acceso a la parte del Protocolo de Estambul que sí fue aplicado por la PGR. Está fechado el 16 de enero de 2015. Ahí se indica que Felipe tenía marcas por golpes en cabeza, rodillas, dedos y testículos. “Eso, derivado de forcejeos, o posibles actos de tortura”. No obstante, el método carece del análisis psicológico, algo que lo reduce a un simple peritaje.
De acuerdo con la ONU, si el protocolo dio positivo en uno de los análisis parciales, en este caso el médico, se debe notificar al Ministerio Público para que se compruebe, a través de una investigación, si hubo o no tortura.
Un minuto antes de terminar la llamada el prisionero 3725 negó ser un criminal, un despiadado sicario al que le pidieron ejecutar a los 43 normalistas, y que luego ordenó que los asesinaran. También negó que haya ido a tirar las cenizas de los estudiantes al río Cocula.
El problema para él es que en un video de enero de 2015 en la PGR contó todo lo contrario, cómo mataron y quemaron a los estudiantes, y luego sus cenizas fueron lanzadas al río, y en ningún momento aparece intimidado o presionado para narrar lo que confesó.

Milenio Diario