Mosquitos identifican a sus víctimas por olor y calor: así te localizan

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Di Esteban Cruz

Descubren cómo los mosquitos eligen a sus víctimas y por qué te encuentran

Investigaciones recientes muestran que los mosquitos no pican al azar: combinan señales químicas, térmicas y visuales para localizar a sus víctimas. Entender ese mecanismo importa hoy porque, con la expansión de especies como Aedes aegypti y el aumento de enfermedades transmitidas por vectores, esa información puede cambiar estrategias de prevención y control.

Cómo detectan a su objetivo

Los mosquitos siguen un proceso escalonado para encontrar sangre. A larga distancia responden primero a cambios en el aire; a media distancia se orientan por olores corporales y, ya muy cerca, usan calor y humedad para decidir el sitio exacto donde posarse.

En las etapas iniciales, el aumento de dióxido de carbono (CO2) en una bocanada de aliento actúa como una alarma que activa el vuelo hacia la fuente. Conforme se acercan, receptores olfativos sensibles captan una mezcla de compuestos emitidos por la piel y el sudor, y finalmente las señales térmicas y la humedad confirman que hay un huésped listo para picar.

  • CO2: Indica presencia humana a distancia y desencadena la búsqueda.
  • Compuestos orgánicos volátiles: Sustancias como ácidos y aldehídos producidos por la piel guían a media distancia.
  • Microbiota cutánea: Las bacterias de la piel transforman secreciones en olores atractivos o repulsivos.
  • Calor y humedad: Validan la presencia de un cuerpo caliente y con sudor en el rango de aterrizaje.
  • Señales visuales: Contrastes, movimiento y colores oscuros facilitan la fijación de la víctima, sobre todo de día.

Por qué algunas personas reciben más picaduras

No todos somos igualmente apetecibles para los mosquitos. Varios factores biológicos y ambientales influyen en la atracción:

La tasa metabólica y el ejercicio elevan la producción de CO2 y ciertos compuestos en el sudor; por eso, personas activas o embarazadas suelen atraer más atención. También hay evidencia de que la composición de la microbiota de la piel —las bacterias que viven en nuestra piel— altera el perfil olfativo y puede aumentar o disminuir la atracción.

Algunos estudios señalan correlaciones con el tipo de sangre y con el uso de cosméticos o productos tópicos, pero esos vínculos varían entre poblaciones y especies de mosquito, por lo que no son una regla universal.

Implicaciones para la salud pública

Comprender cómo seleccionan huéspedes tiene consecuencias prácticas: permite desarrollar trampas más selectivas, diseñar repelentes que bloqueen señales clave y orientar campañas de control hacia los lugares y momentos de mayor riesgo. En zonas donde arbovirosis como dengue y zika son endémicas, afinar estas herramientas puede reducir transmisiones.

Además, en un contexto de cambio climático y urbanización, especies como Aedes están extendiendo su rango; conocer sus preferencias de búsqueda ayuda a anticipar y mitigar brotes.

Qué pueden esperar los ciudadanos y las autoridades

Las aplicaciones inmediatas son prácticas y variadas. Algunas ya probadas y otras en desarrollo incluyen:

  • Dispositivos de atracción con señuelos de CO2 y olores sintéticos para capturar mosquitos o medir su presencia.
  • Repelentes formulados para interferir con receptores olfativos específicos.
  • Intervenciones focalizadas en viviendas y zonas públicas donde la combinación de señales favorece la búsqueda de huéspedes.

Sin embargo, la solución no es única: la eficacia de estas medidas depende de la especie dominante, el entorno y los hábitos locales. Las autoridades sanitarias deben integrar estos hallazgos en estrategias comunitarias combinadas con vigilancia epidemiológica.

La investigación continúa refinando qué compuestos y receptores son críticos para la elección de víctimas. Mientras tanto, las medidas clásicas —repelentes aprobados, mosquiteros y reducción de criaderos— siguen siendo la primera línea de defensa.

En síntesis, conocer mejor las señales que usan los mosquitos para encontrarnos ofrece vías concretas para reducir picaduras y el riesgo de enfermedades; es una herramienta más en la agenda de salud pública que merece atención inmediata y aplicación local.

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