Manzanero comparte sus pasiones

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Fanático de la organización, al compositor no lo frenan ni sus 80 años ni la diabetes que padece desde hace 40; le alcanza el tiempo para todo, desde jugar un set de tenis hasta cumplir con un compromiso en el rincón más alejado del mundo… pero eso no detiene a Armando Manzanero para disfrutar al máximo cada momento, para moverse de una ciudad a otra cuando se trata de un concierto, o para convivir con su familia y sus seres queridos. El compositor de origen maya no repara a la hora de decir lo que siente y, con la misma intensidad que ha erizado la piel de millones a través de sus clásicos “No sé tú”, “Por debajo de la mesa” o “Somos novios”, habla con nosotros sobre todas sus pasiones. En el amplio jardín de la sociedad de Autores y Compositores de Música, donde ha pasado las últimas décadas de su vida trabajando en defensa de los derechos de los artistas, explica que le encanta el recinto porque, “además de ser una belleza, proyecta mucha tranquilidad”, la cual se puede apreciar desde el cuarto piso donde se localiza su oficina, punto de encuentro con el músico, quien apenas tiene tiempo para la entrevista y atender su próxima cita. ¿Dónde anda, profesionalmente cuál es el siguiente compromiso? Ando por todo el mundo. Yo soy esa hormiga que se levanta temprano, que previene cuando hace frío, que trabaja con toda la fuerza que se pueda, que lo mismo estoy en el sur que en el norte. Para mí, los puntos cardinales los cubre maravillosamente un avión.

¿Sigue siendo la disciplina una de sus principales características?
Sí, soy un señor que tiene organizado todo, me alcanza el tiempo para todo lo que quiero hacer.

¿Qué le gusta hacer, qué es lo que más disfruta en la vida? Disfruto mucho de producir un disco con alguien que cante bien y bonito, y me sigue causando emoción escuchar una gran canción… salir al escenario y sentir la luz que alumbra cuando se escucha, a través del micrófono, cuando canto una canción.

¿Sigue jugando tenis?
Lo he tenido un poco abandonado, porque resulta que mis rodillas han andado un poquito lastimadas; entonces, si antes jugaba dos sets, ahora juego uno y, si antes jugaba tres veces por semana, ahora solo juego dos cuando tengo tiempo. Confieso que últimamente no me ha alcanzado el tiempo debido a los grandes compromisos de esta sociedad, que siempre son a las ocho, nueve o 10 de la mañana.

¿Todavía cocina?
Me meto a la cocina cuando tengo tiempo, cuando voy a experimentar algo, me fascina y lo hago con todo mi amor, pero últimamente tengo cuidado de hacerlo, porque ahora unas personas no comen ajo, otras no comen alcaparra, y así es difícil cocinar. ¿La comida es un ritual? Para mí es lo más importante después de respirar, es algo que si no puedo hacer bien, prefiero no comer. No me gusta comer de pie, no me gustan los tentempiés, aborrezco el bufet, todo jugueteado y revuelto.

¿Come de todo?
Sigo disfrutándola (la comida) por igual, pero con un cuidado especial, con el cuidado de medir mis cantidades porque soy diabético desde hace 40 años, durante muchos años hice caso omiso de la enfermedad, pero llegó un momento en que ya tengo que cuidarme, y eso me limita a muchas cosas; sin embargo, no permito, bajo ninguna circunstancia, que nada, ni la diabetes ni nada que reine en el mundo, me impida nada… la única persona que me puede decir “no” es Dios, entonces me peleo con la insulina.
¿Qué tipo de comida prefiere? Toda la comida del mundo, antes de venir aquí me fui a los Bisquets de Obregón, que hoy por hoy siguen siendo el mejor lugar para desayunar.