Trump a la mexicana

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Antes de entrar en materia, o entrando en ella de manera oblicua, permítame, amable lector, recordar que el día anterior a la elección presidencial en Estados Unidos nadie daba un dólar por el futuro de Donald Trump. Prácticamente todas las encuestas le otorgaban el triunfo a Hillary Clinton, de manera contundente y arrasadora, la que menos le daba el 88% de la intención de voto. Y oh, sorpresa, a la noche siguiente todos miramos con estupor, asombro y temor (que a la corta resultó justificado) que las principales, por no decir todas, casas encuestadoras del vecino país se habían equivocado rotundamente, que el primer sorprendido era el propio Trump y que nos lo estamos recetando desde hace más de un año, contra todo pronóstico. Así que en la materia no hay nada escrito, ni allá ni acá.
Como el señor Trump tenía la certeza de que no iba a ganar la elección presidencial, se daba el lujo de hacer todo tipo de declaraciones y ofrecimientos extraños, absurdos y hasta ofensivos. Incluso se dio el lujo de entrar en tratos al menos discutibles con los rusos para intentar sabotear la campaña de su opositora; total, si no iba a ganar qué más daba, a su triunfo, en lo que menos iba a pensar Hillary era en estar investigándolo y llevándolo a cuentas. Y por eso está tan enredado ahora mismo en lo que se ha dado en llamar el Russiagate, pero eso es otra historia.
Dicho de otro modo, el señor no se veía ni se sentía presidente, por eso podía hacer toda clase de promesas y pronunciamientos que, pensaba, no tendrían mayor importancia después de la elección, ni se vería en la tesitura de tener que cumplir con las mismas, todo era agua de borrajas, temas de campaña que no la sobrevivirían.
Esto me viene a la mente un poco “al revés volteado”, como solemos decir en la tierra. Porque resulta que como las encuestas les otorgan la intención de voto a López Obrador de manera al parecer amplia, pues este candidato ya se va viendo y sintiendo presidente, vaya, dice que hasta en Las Vegas tiene el 86% a su favor (me pregunto si en Las Vegas van a votar en las elecciones mexicanas, en fin). Es decir, si tan seguro está de que el 2 de julio amanecerá futuro presidente, entonces debería pensar mejor
lo que va a decir, debería poner a funcionar el cerebro antes que ese apéndice bucal que en tantos aprietos lo mete (“la sin hueso”, le dice una de mis tías).
Un presidente es un hombre de Estado, por encima de intereses personales, partidarios o sectarios, gobierna para todos, todos, no solo para un sector de la población, por amplio que sea. Un presidente sabe que sus palabras tienen un peso relevante en el sentir de la sociedad, que tienen consecuencias positivas y negativas, no puede hablar por hablar, no puede prometer lo que cree que su público quiere oír, no puede pensar en actuar por la alabanza fácil, y menos aún puede buscar la aprobación unánime, esa no existe, ni puede andar buscando su lugar en la Historia, así, con mayúscula, sin antes pasar por el verdadero cedazo que es gobernar un país de 110 millones de habitantes, diverso en muchos sentidos pero en busca de progreso y justicia para todos.
Si realmente López Obrador está tan seguro de que va a ser el próximo presidente de México, lo cual está aún por verse, entonces debería empezar por medir sus palabras y sus actos, por mostrar actitud conciliadora, por frenar a sus ultras, por moderarse, porque un presidente es un moderador, no un bravucón de pueblo. Nos haría un favor a todos desde ahora mismo, evitar que los ánimos se sigan enconando. A lo mejor es mucho pedir.
Ya lo dice el viejísimo dicho: la mujer del César no solo debe ser honesta, debe parecerlo.