Refundarse

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La elección presidencial dejó en evidencia la profunda crisis que viven los partidos políticos en nuestro país. Para efectos de análisis, dejemos de lado por un momento a Morena, que muchos se preguntan si es realmente un partido o más bien, como su nombre indica, un movimiento que aglutina fuerzas e intereses variopintos, y concentrémonos en los partidos políticos. Algunos de ellos perderán su registro por no haber alcanzado el 3% de la votación nacional aunque, por supuesto, tan jugoso botín no desaparecerá así nomás sin haberlo peleado hasta el último aliento y quién sabe, a lo mejor les va como al PT, que lo resucitaron con una buena ayudadita de quienes hoy se están lamiendo las heridas después de la paliza del 1º de julio.
Los que hasta hace unos días eran los tres principales partidos políticos en México se encuentran, tras la elección, en un escenario insospechado por lo adverso. El PAN y el PRD, unidos como el agua y el aceite en una improbable alianza, viven horas aciagas. El PRD está reducido a escombros, el otrora partido más representativo de la izquierda mexicana decidió vender su primogenitura, cierto que bastante achatada y disminuida ya, para echarse en brazos de su oponente ideológico en pos de una presidencia que nunca realmente llegó a materializarse como posible.
Es de suponer, porque así lo indican las inclinaciones personales y porque todos quieren subirse al carro del triunfador, que varios de los pocos recién electos de filiación originalmente perredista se pasen con sus bártulos a Morena, acabando así de engrosar la mayoría obtenida por este último. El PRD está viviendo sus últimas horas tal como lo conocimos.
Por su parte, en el PAN no se hacen malos quesos, el ex “chico maravilla”, que sí efectivamente, fue una maravilla ver cómo pisoteó, traicionó, engañó y dobló sin mayores problemas de conciencia para apoderarse, primero de la presidencia de su partido y luego de la candidatura a la presidencia de la república y que, por cierto, sigue sin reconocer alguna responsabilidad en la derrota, achacando todo a la “persecución” de que fue objeto.
Lo cierto es que el PAN también está en ruinas, profundamente dividido, totalmente alejado de sus orígenes ideológicos, de sus ideales. Gómez Morin debe estar revolcándose en su tumba ante el desastre en que se ha convertido el partido que fundó.
Dejé para el último al PRI. Con los peores resultados electorales de su existencia, no son pocos los que pronostican su extinción; yo no lo veo así, creo que a lo largo de su vida este partido ha mostrado una gran capacidad de transformación y de adaptación que de hecho le permitió regresar a la presidencia tras 12 años fuera de Los Pinos. Sin embargo, nunca se había visto tan disminuido como ahora y los verdaderos enemigos o al menos oponentes están dentro y no fuera del mismo. Salvo Morena, aún en construcción, los demás partidos tampoco están para presumir, pero el PRI tendrá que entrar, sin demasiada prisa pero sin pausa, en una etapa de reflexión y de autocrítica severa.
El PRI tiene que entender qué lo llevó a los desastrosos resultados electorales, más allá de si el actual inquilino de Los Pinos lo ha hecho mal o muy mal, más allá de si la percepción de corrupción e inseguridad fue más fuerte que las cualidades de su candidato.
El PRI tiene que entrar en un profundo proceso de renovación de sus estructuras, de revisión fina de sus estatutos, de su manera de hacer política, de su modo de incorporar y atender las demandas y aspiraciones de sus miembros, hasta de su nombre actual. En una palabra, el PRI debe aspirar a refundarse, a renovarse profundamente si quiere seguir teniendo algo que decir en el escenario político. Y esto aplica a los demás partidos en situación similar.
El país necesita de una verdadera oposición, de organizaciones políticas que se conviertan en contrapesos efectivos, de crítica constructiva y permanente. La tentación del “mayoriteo” por no poner una palabra más fuerte, como absolutismo, es demasiada como para no tener un efectivo sistema de partidos que dispute el fiel de la balanza y que dé voz y espacio a casi la mitad de los mexicanos que eligieron una opción política distinta a la que nos va a gobernar a partir del próximo 1º de diciembre.
Por supuesto, requerimos también de una sociedad civil mejor organizada, pero eso es materia de otra entrega.