Muerte sin fin

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Las gordas también…
Karla Sansores

“Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.”
(José Gorostiza,1939)

Así reza el inicio del poema más representativo del poeta tabasqueño José Gorostiza, una obra honda y larga. Llena de semánticos mensajes sobre la muerte y lo que los mexicanos pensamos y sentimos de ella.

Mezcla los sentimientos de temor, de amor, de admiración a un proceso natural del ser humano.

Esta semana de festejos mortuorios, tuve la oportunidad de platicar con personas de varias partes del mundo y conocer su opinión sobre la muerte:

De Kura, ciudad de Japón, mi amiga Mari Mi, me contó que en su país tienen una costumbre muy parecida, pues una vez al año reciben a sus muertos y hacen una “semana familiar” en la que en un altar ponen incienso y frutas y un plato extra en la mesa. Y aunque hacen festivales sobre los muertos, me comentó que continúa siendo único el ambiente festivo y amigable con la muerte en México, sin miedos ni dolor, más bien con alegría.

La alegría, digo yo, de comer y beber en honor de los que se han ido.

Por otra parte, unos amigos de Polonia y Alemania nos contaron que en su país los muertos solo dan miedo si vuelven del “más allá”.

Estuvieron muy complacidos y extrañados con nuestra comida típica para esta fecha: el pibipollo.

Y nos relatan que no existen fiestas de la muerte en sus países, así que mejor, se fueron a conocer la tradicional limpieza de huesos en Pomuch, Hecelchakán.

Todos coinciden que es una manera muy bonita de pensar la de los mexicanos, de recibir a nuestros seres queridos y a quienes ya no tienen quien les prenda una velita (el ánima sola).

Yo les he relatado que este día es incluso, más importante que la Navidad, pues reúne a las familias en el trabajo de la realización de los pibipollos.

Pues todavía recuerdo con nostalgia, los días de muerto de mi infancia, en que os llevaban a moler el maíz para hacer la masa, y nos mandaban a buscar las hojas de plátano, limpiarlas y alistarlas.

Cómo es que pasamos de ser los ayudantes a los que ahora los preparamos y enseñamos a los nuevos niños a poner el altar, el significado, saludar a la foto de los abuelos que se han ido, transmitimos ahora las tradiciones que recibimos de pequeños.

Entonces, entendemos lo importante que es ir de generación en generación cuidando el tesoro más grande que tenemos: nuestras tradiciones, nuestras raíces.

Hemos defendido los mexicanos esto que nos identifica, quizá porque durante muchos siglos hemos perdido tantas cosas como territorio, libertad, autonomía, seguridad.

Vivimos en un país de crisis y muchos males, pero nunca nos podrán quitar todas nuestras creencias y tradiciones, esas que nos mantienen unidos y nos hacen ser el país lleno de colores y sabores que somos.