Melancolía de Navidad

20

Hoy es víspera de Navidad; la Nochebuena es una de las fiestas más sentidas del año, la más comercial, llena de bullicio donde es una locura salir y tratar de encontrar estéticas, tiendas de ropa o calzado, supermercados, calles vacías o de fácil tránsito, la gente va de un lugar a otro comprando todo para su cena, sus regalos, sus estrenos.
Sin embargo, cada peso vale la pena porque aunque el dinero no compra la felicidad, los momentos que compartimos con nuestros amigos y nuestra familia, se convierten en recuerdos invaluables y que nos hacen querer preservar la tradición.
Estoy segura que los regalos de “Santa” no importaban si eran caros o baratos, el solo hecho de que estuvieran debajo del árbol causaba en nosotros, de niños, una gran expectativa y más de una vez deseamos tener una máquina de radiografía para poder ver qué había en cada paquete envuelto.
Para nuestros papás, el regalo importaba mucho pero no el precio, ellos no escatiman y desde sus necesidades económicas hacían sus mejores esfuerzos, los Reyes Magos siempre llegaban. Pero ellos se sentían más que gratificados viendo cómo jugábamos con nuestros presentes, compartiendo con los primos o los vecinitos de la cuadra.
A veces, en las carencias que ellos vivieron, desearon que a sus hijos no les falte nada, tal vez se endeudaron y dieron el “tarjetazo”, pero el esfuerzo valía la pena por ver cómo los niños podían disfrutar de momentos de juego, de felicidad, de risas.
Yo quisiera compartirles un recuerdo de aquellos que se han ido, pero que siempre estarán conmigo, de mi abuelo que cada año abría las puertas de su hogar; que tomaba guitarra en mano y cantaba sus canciones para nosotros, que de vez en cuando hacía llegar una serenata a mi abuela que por cierto, cumple años el 25 de diciembre.
Recuerdo las noches con un pavo en la mesa, con mucha comida y muchas risas, a todos mis primos y a mí, alrededor de un arbolito de plástico, apenas decorado, que nos esperaba para que, llegado el momento, abriéramos nuestros paquetes que contenían felicidad prolongada por los días siguientes de juego en el patio, entre los árboles frutales.
A la vuelta de los años, tras la muerte del abuelo, con nuestras más de tres décadas a cuestas, esos niños ahora somos padres de familia o adultos pero somos felices y hemos sido forjados por esos momentos. Nos reunimos, sí, pero ahora no importamos nosotros sino nuestros hijos o sobrinos, queremos que continúen con esta tradición de Navidad, queremos darles regalos y que se queden corriendo, jugando, queriéndose como nosotros nos hemos querido.
Así, sin importar si tenemos o no dinero, volvemos a gastar nuestros aguinaldos, borramos los rencores y pleitos tontos que pasamos cada año, compramos el tradicional “estreno”, envolvemos regalos, salimos a posadas, compramos todo para cocinar un pavo que no todos comerán, con tal de que esos lindos momentos, podamos revivirlos y hacer que las nuevas generaciones las VIVAN como nosotros lo hicimos, que las sientan y sean tan dichosos como nosotros.
Queridos lectores (o querido lector, no estoy segura de cuántos me siguen en esta columna), les deseo a todos una Navidad que quede en sus memorias y en sus corazones, que cada peso que gasten se convierta en sonrisas, momentos invaluables y recuerdos para la posteridad.