Los siete valores de Meade

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Ayer tocó el turno a los priistas. Como en los viejos tiempos del entonces partido hegemónico, se prendieron las luces y los reflectores; se escucharon vivas bajo una sola línea: respaldo absoluto al elegido. Lo demás quedó para la historia. Ahora, a construir y consolidar el proyecto con visión, cuando apenas deslumbra el alba en la conformación de la cartelera electoral. Dos competidores con nombres y apellidos, los primeros en aparecer en el crucigrama político relacionado con la Presidencia de la República.
El objetivo del “hombre fuerte” del PRI, según se ve, no es precisamente reinventar la política, sino hacer de ésta una herramienta eficaz en el más difícil compromiso electoral que se echa a cuestas el Revolucionario Institucional en toda su historia, entre otras cuestiones, por la conjugación de intereses y el reciclaje político de las fuerzas opositoras que amenazan con un propósito que nada tiene qué ver con el que abanderó Enrique Peña Nieto, en 2012.
Con un instituto político transformado y abierto a la sociedad, con una propuesta distinta a la de otros partidos que centran a la ciudadanía como motor de arranque, el PRI presentó ante los ojos de todos su carta electoral en la persona de José Antonio Meade, un hombre limpio que busca la reivindicación nacional, sobre todo en los sectores más golpeados por la desigualdad y la marginación. Ayer, los astros se alinearon y se dejó constancia que la del próximo año será una elección competida, no de un solo hombre ni de un solo partido.
Con el respaldo de sectores y organizaciones; de los priistas campechanos al frente de Alejandro Moreno Cárdenas, Meade solicitó registro como precandidato del PRI a la Presidencia de la República con el visto bueno de una estructura activada, preparada y consciente de lo que significaría para el partido tricolor la victoria en las elecciones del 1 de julio de 2018. Pero, también, las consecuencias que les acarrearía la derrota.
El evento realizado en la sede nacional del PRI sirvió de termómetro para medir la temperatura corporal de propios y extraños; acaparó la clase política no porque se tenga desde este momento la certeza de que Meade Kuribreña vaya a sepultar de golpe y porrazo las longevas aspiraciones de Andrés Manuel López Obrador de colocarse la banda presidencial, ahora sí, en serio. No, no, no. Sino porque se alza como un sólido competidor, con una trayectoria profesional y de servicio público ejemplar. Una opción del PRI para comenzar a mover el fiel de la balanza.
Pero, ¿por qué Meade en la lista de prospectos que tenía el PRI antes de la asunción del ahora ex secretario de Hacienda? Quienes deciden en consecuencia, seguramente, colocaron sobre la mesa de las deliberaciones los pro y los contra de al menos cinco priistas con los tamaños suficientes para asumir esa responsabilidad. Pero el ex secretario de Hacienda les ganó la jugada.
José Antonio, hombre de trabajo e institucional que ha tenido el privilegio de atravesar varios ciclos sexenales, se alzó desde principio como una carta viable del PRI para contender por la Presidencia de la República. La decisión se tornó inminente ante los difíciles retos que enfrenta el Revolucionario Institucional como institución política adulta, y de ahí la reforma para adecuar los estatutos del partido a la persona y el hombre idóneos.
El trabajo del hasta hoy presunto precandidato priista apenas inicia. La unión de cabos sueltos que dejó al interior de este partido el proceso de selección del candidato a la silla presidencial, es un asunto aún no concluido. Por sobre todas las cosas, los priistas deben caminar unidos, hablar un mismo lenguaje; el de la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace, y el de los acuerdos razonables para avanzar en cada una de las entidades federativas, si es que -como dicen- la principal fortaleza que tienen es la unidad. Algunos dirían, democracia dirigida.
Ayer, Meade se presentó como es, como será, ante los priistas, no priistas y antipriistas. Como un hombre de trabajo, por encima del ego y los desvelos por el poder; con intenciones de fortalecer lo que se ha hecho bien, pero también, de reconocer que hay realidades que nos duelen, que nos ofenden, que obligan a cambiar, como la corrupción y la inseguridad. Consideró que la mejor propuesta es consolidar los cambios, ampliarlos y profundizarlos.
Fue mucho más allá al enunciar los siete valores donde giraría su propósito de gobernar a los mexicanos: democracia, libertad, inclusión, justicia social, igualdad de oportunidades, responsabilidad ambiental y transparencia, que buscará aterrizar durante su precampaña bajo las premisas del diálogo, las coincidencias y franqueza para señalar lo que entusiasma y brinda esperanza a los mexicanos, pero también para identificar lo que se debe cambiar. Veremos.