Los pasos de la muerte

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En nuestra ciudad hay dos pasos peatonales, que se han convertido en el paso de la muerte, les voy a contar por qué, resulta que en días pasados iba caminando desde el pasaje Piña Chan hacia la Puerta de Mar, donde necesariamente tengo que pasar sobre el paso peatonal de la avenida 16 de septiembre, esto mientras pensaba en la inmortalidad del cangrejo, cuando intempestivamente tuve que detener mi camino, porque un atrevido conductor, quien supongo que también venía pensando en la inmortalidad del cangrejo, le hizo olvidar que tenía que hacer un alto obligatorio en su trayecto y quedó a escasos centímetros de mi humanidad, la cual por fortuna salió intacta, no así mi presión arterial y mi estado de ánimo.
Después de ese incidente y con la consabida amabilidad que me distingue, le recordé de manera muy amable a su progenitora, no de usted amable lector, la del conductor por supuesto y seguí mi camino, temblando y tratando de recobrar la calma, y continué con mi reflexión sobre los cangrejos. Este hecho me hizo recordar, otro similar, ocurrido en el segundo paso de la muerte, perdón, paso peatonal, que está ubicado en el malecón de nuestra ciudad y donde un querido amigo, vivió una experiencia parecida.
El mucho más amable que yo, solo respiró profundo, miró con ojos de sorpresa al conductor y siguió su camino lentamente, porque la realidad es que venía como alma que lleva al diablo y en su loco caminar por poco atropella a un vehículo. Por supuesto que esto último es ironía.
Estoy segura que muchos de nosotros hemos experimentado estos y otros sobresaltos de terror al ver tan de cerca, sino la muerte si al menos un tremendo malestar y muy posibles huesos rotos. Sin embargo, he de reconocer que los pasos peatonales en nuestra ciudad también son un símbolo de distinción y sin duda de ayuda para el peatón, que pocas, muy pocas ciudades tienen.
El respeto a los pasos peatonales que abundan en nuestra ciudad, ha sido un proceso continuo de aprendizaje, para los caminantes y para los conductores, para estos últimos su proceso creo que va más lento, pero permanente.
También he observado que aunque casi todos respetan esta áreas, otros muchos otros hacen como que las respetan, porque mientras uno camina de un extremo a otro y nos hemos alejado del extremo de origen, los autos continúan su camino sin esperar, a que uno termine de llegar a su destino y no permitiendo que nadie más se atreva a poner un pie en el arroyo y no deja de hacernos sentir
vulnerables.
Pese a todo esto, a mí me parece un muy buen sistema de control en áreas en que el tránsito vehicular es muy alto, sobretodo en horas “pico”, como comúnmente se dice y donde también la presencia de personas que necesitan cruzar una calle también es alta.
Por lo que aquí el exhorto es que con más cuidado debemos de cruzar los pasos peatonales y prestar atención a los vehículos que vienen acercándose y cuando estemos de conductores no dudemos de hacer nuestro alto obligatorio. Tomemos ese reducido lapso de tiempo como una oportunidad de descanso, o para la meditación, o saludar al que va caminando, o mirar hacia el cielo y ver lo hermoso del día, entonar la canción que escucha en su auto, no sé, lo que sea posible hacer, con un buen ánimo y sobretodo con la seguridad de que no será el provocador de sobresaltos y de presiones arteriales altas, otorgue ese lapso de tiempo a los caminantes.
Créanme que esos pequeños detalles nos hacer ver como ciudadanos de primer mundo, con mucha cultura vial, ante los ojos sobretodo de nuestros visitantes y turistas, cuyas opiniones y comentarios los llevan a sus lugares de origen.
No olvidemos que el término de campechano hace alusión a personas que se distinguen por su amabilidad, por su cordialidad y por la sencillez del trato que prodigan, hagamos pues honor a nuestro gentilicio. ¿Lo cree usted así?