Las vidas 7 de un gato

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Cuando Peluso llegó a casa, papá cantó victoria luego de semanas de “enamoramiento” gatuno. El pequeño minino, que había dejado de lactar y ahora padecía de hambre, fue seducido con pedacitos de pollo o sobrecitos de comida húmeda para felinos.
Pelusito, descendiente de la primera gata que mamá dejó que tuviéramos como macota, debido a mis alergias y a las de mi hermanito, era un siamés precioso con colores café oscuro y café con leche que durante 12 años fue el atractivo que hacía a todos los visitantes de la casa manifestar su asombro y cariño por él.
Siempre medimos la edad del gatito, conforme crecía una de mis sobrinas, pues solo se llevaban días de diferencia. Cuando Marina empezó a hablar y gatear, una de sus primeras palabras fue el nombre de Peluso y sus abrazos hacia él eran efusivos.
Quizá estas manifestaciones pueriles hicieron del carácter de Peluso agrio y apático, inclusive huidizo ante la presencia de los niños, hasta que casi 10añosdespués nació el pequeño Iker con el que tuvo una conexión especial y de cariño hasta que el bebé en sus juegos, le dio un manotazo que los alejó para siempre.
Peluso era majestuoso durmiendo sobre la tapa de un pozo que se ubica en la terraza de mi casa. Majestuoso en su pelaje y su tamaño descomunal para los gatos del barrio. Majestuoso al haber procreado varias camadas de gatitos, lo cual nos obligó a esterilizarlo para darle una mejor vida, por supuesto después de que me aterroricé de ver que otro gato le había arrancado un pedacito de oreja. Y ya cansados de que regresara flaco y cansado de sus rondas de casanova nocturno.
Peluso era majestuoso durmiendo en medio de la terraza, de la sala o caminando como un perrito faldero detrás de mi papá a quien le atribuimos la propiedad del gato, pues como usted sabe, los gatos son quienes nos eligen.
En cierta ocasión, mis papás se fueron de viaje y decidieron poner una puerta mosquitera, eso derivó en la indignación de Peluso que se cambió de domicilio y adoptó el hogar que le ofreció mi tía. No tardó mucho en perdonar a mis papás y volvió a adoptar su casa como propia.
La vejez también le llegó a Peluso, situación que nos enternecía mucho pues poco a poco su color café con leche y macciato, se fue haciendo más débil. Sus patitas suaves, cada día daban pasos más lentos y estudiados y sus ejercicios, que antaño se enfocaban al asesinato de aves e iguanas, se vieron reducidos al acompañamiento fiel y cuasicanino de mi papá, mientras trabajaban en el jardín y la piscina.
Todos esperábamos que después de 12 años de servicio gatuno, el tierno Peluso se fuera al cielo de los gatitos en cualquier momento, pues aunque un animalito bien cuidado puede vivir más años, él había tenido una vida aguerrida y ajetreada desde pequeño, que tenía que sortear los picos afilados y malévolos de los zanates que le abrían hoyos en la cabeza, las corretizas de los perros y sus pleitos de dominación territorial.
Peluso ha muerto. Y no fue muerte natural. Peluso ha sido asesinado. Un perro le arrancó la vida. No, no fue en una corretiza, ha sido un plan premeditado. Peluso comía sobre su pozo para no ser molestado por los perritos, así, como un día cualquiera, mi madre lo alimentó y entró a casa, casi de inmediato escuchó que cayó una maceta y al salir solo vio al perro escapando y la comida de Peluso en el suelo.
Los días pasaron y Peluso no aparecía hasta que el olor de la muerte les llegó a todos, al fondo del pozo, tal cual le pasó al filósofo Tales de Mileto, murió contemplando una noche estrellada de octubre.