La varita mágica

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El Rey ha muerto, Viva el Rey, o el Rey ha muerto, larga vida al Rey, es un lema que se emplea como expresión ritual en las sucesiones de las monarquías, (y ahora en todo acontecimiento político), desde el año 1422 en la sucesión de Carlos VI de Francia, por Carlos VII de Francia, aunque igual se cuenta, que Felipe V dijo esta frase cuando sus hombres quisieron ponerlo a salvo de la artillería enemiga.
Mucha gente ha considerado que su figura, es vital para que el mundo siga girando a su alrededor, lo que los hace sentir irreemplazables o imprescindibles, pues así han sido construidos al ir tan solo girando de posición en posición, aún sin saber lo más elemental de la responsabilidad en turno, demostrando con ello la cortina transparente con que se mide la temperatura social, generando confianza de que los de arriba jamás podrán ser reemplazados, removidos o tirados por los de abajo, ya que no les dan oportunidad al hacer propio el mencionado lema que se compara con un dicho muy mexicano y juzguen ustedes por si pudiera haber comparación: “Suerte te de Dios, que el saber para que importa”, y entonces si, en su justificación, ponen a jugar a alguno de abajo a sabiendas que su desesperación tan solo lo llevará a expiar los males de otros, con la inocencia de un párvulo que sigue el dulce sin pensar en la consecuencia, del dolor de barriga.
En definitiva, “los gobiernos no son más que el reflejo de la misma gente, que mayoritariamente los ha elegido”. No se defiende lo indefendible ni se presiona o dirige la conciencia ciudadana cuando se dice que el Presidente, o llámese como se llame a quien quiera dirigir o mandar, con el análisis retrospectivo de los principios de la historia misma, tomando cualquier fecha al azar, demuestra el mismo comportamiento de muera el Rey, lanzado a los leones de la destrucción, y viva el Rey, considerado un semi dios sin errores y poseedor de la varita mágica de Harry Potter, para cambiar el mundo mientras llega la hora de ser lanzado al juicio de la sociedad que en algún momento le aplaudió y vitoreó. Ello lleva tan solo a la reflexión que aquí la culpa no es del indio, sino de quien lo hace compadre, o sea, si primero aplaudo y luego ahorco, entonces yo ciudadano soy la parte importante de la culpa que a través de los años, que digo años, siglos, no se ha cambiado, porque como gente, no he querido.
Cabe entonces el pensamiento de: “si uno quiere jugar, y los que conforman el equipo ignoran su juego, la derrota no tan solo será una consecuencia, sino la máscara para echarle la culpa a los demás”. En conclusión, si pido cambios, debo ser el primero en hacerlos, si pido honestidad, debo ser el primero en demostrarlo, si pido respeto, debo ser el primero en compartirlo generosamente, y si otorgo mi voto y en ello mi confianza, a más de criticar errores, debo aceptar unirme al equipo de trabajo para construir de manera compartida el desarrollo del progreso social con la satisfacción de ser un punto importante en mi Nación. Si hago tengo derecho a reclamar, si digo tengo derecho a ser escuchado, si acuso, tengo la obligación de demostrar, y si exijo lo haré tan solo porque dí, enterrando por siempre “La varita Mágica”.
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