La nación soy yo

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En la segunda mitad del siglo XVII, señalada pero no únicamente con el reinado de Luis XIV de Francia, se instaló en Europa el absolutismo como gobierno.
Al ser la voluntad de Dios la que elegía al monarca, este se encontraba legitimado para asumir todos los poderes del Estado sin más limitación que la propia ley de Dios.
Las relaciones entre el poder y el pueblo eran verticales, de total subordinación, solo así podía el rey garantizar el bienestar del pueblo.
Es un poder único desde el punto de vista formal, indivisible, inalienable, intrascendente y libre. La persona del rey se identificaba con el propio Estado, de ahí la famosa frase atribuida al rey francés, tan conocida por todos: El Estado soy yo.
Esta breve referencia histórica viene muy a cuento en el presente a propósito de las campañas presidenciales. En la muy ilustrativa entrevista que le hicieron en Milenio Tv, Andrés Manuel López Obrador se dio a conocer de manera tan objetiva que no debería haber duda sobre sus intenciones como presidente.
Dijo ahí que él aspira no a ser un hombre de Estado sino un hombre de Nación, no sé cómo entender la frase pero sí me queda claro que, como en la canción de José Alfredo, quiere que su palabra sea la ley.
Él estará legitimado por el mandato del pueblo, mandato que lo exime de la observancia de las instituciones, pues desdeña al Poder Legislativo, desconfía de la sociedad civil y sostiene que por encima de las normas legales está la consulta nacional para que el pueblo, ese que es sabio y no se equivoca, se exprese y él sea su mano, su instrumento para echar abajo mucho de lo que la sociedad ha construido al paso de los años, para regresar a un pasado edénico, donde todos eran buenos, justos, nobles, honestos y su figura esté a la altura de Hidalgo, Juárez, Madero y Cárdenas. Él pasará a la Historia, no con minúscula sino la que se enseña en las escuelas.
Su sola presencia en Palacio lavará las culpas de todos los estratos de gobierno, incluyendo desde luego a la cauda de seguidores recientes y añejos que no han salido bien librados de encargos anteriores, desde su tesorero cuando fue jefe de gobierno al que, por cierto, defendió hasta el final.
La delincuencia organizada tendrá oportunidad de redimirse, qué más da que hayan miles de muertos, la gran mayoría civiles inocentes para nada vinculados con el crimen organizado, lo importante es que los narcos, los mafiosos, se acojan a la generosidad de AMLO y ya no pequen porque él, como intérprete de la ley divina, podrá disponer del perdón presidencial a voluntad.
No importa que las universidades vean bajar brutalmente sus estándares de calidad y la calidad de sus egresados, si es que los tienen y no están de fósiles por los siglos de los siglos.
Sin exámenes de admisión ni necesidad de comprobar conocimientos, el país producirá ingenieros que ni de aprendices en un taller mecánico, médicos que no sabrán ni aplicar una inyección, abogados que no tendrán idea de la diferencia entre el Código Civil y el Código Penal.
El país verá reducir su calificación en el extranjero como destino de inversiones porque como Trump con el muro, AMLO ya tiene obsesión con el nuevo aeropuerto de la ciudad de México y piensa desmantelarlo.
Como no eche a andar la maquinita de imprimir billetes, no queda claro de dónde va a salir el dinero para todo lo que propone, porque bajar los sueldos de la alta burocracia nomás no alcanza y lo de su medio billón de la corrupción es una vacilada, un slogan de
campaña que no resiste el menor análisis serio.
La parte que más miedo me da es la de revocación de mandato, porque así como el pueblo sabio cada dos años podrá demandarle que se quede, así en 2023 podrá demandarle que permanezca para terminar su tarea de demolición otros seis años, ¿y quién es él para negarse a lo que el pueblo bueno decide?
Así empezaron Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y algunas otras joyas de la picaresca internacional. Yo sí tengo miedo, ¿y usted?