Juegos de poder (segunda y última parte)

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Gobernar es una responsabilidad constitucional que contraen quienes conciben que en política dos más dos sí suman cuatro. Que cuatro más cuatro son ocho, y ocho más ocho dieciséis. Gobernar -en el buen sentido de la palabra- es arte. Es habilidad y destreza. Es tener la cabeza fría y el corazón caliente. Es entender que el pueblo es heterogéneo, plural. Libre de pensamiento, palabra, obra u omisión. Es el pueblo, y a él tienen qué voltear los políticos para resarcir rezagos y aspiraciones veladas.
Los errores en política tienen un alto costo. Cualquier decisión o acto  equivocado que se tome, así sea sin mala voluntad o por inexperiencia en el oficio, tiene consecuencias, lo que debe ser valorado en su justa dimensión por aquéllos que se preparan a gobernar, dicho esto por lo que se ha visto aquí y allá. De los errores se aprende, es cierto. Ojalá que el ego, la creencia de tener a Dios agarrado de los pies, sea desterrado al momento de gobernar un municipio, un estado. Un país.
En esta tesitura, no pasó desapercibido el mensaje que Rocío Nahle García lanzó a los políticos del terruño en su reciente visita a la isla, al traer la voz del próximo Presidente de México, con relación a los dos proyectos para devolverle a Carmen su importancia económica: apertura y coordinación con el Gobierno del Estado, en acatamiento de la instrucción girada por Andrés López Obrador de hacer equipo con todos los mandatarios estatales.
Al margen de los promocionales de los arlequines de la política, que anuncian ajuste de cuentas a los gobernadores “que jugaron” con otro color partidista distinto a Morena en el pasado proceso electoral, López Obrador establece los cimientos de lo que sería la nueva relación federalista, quizás porque ya entendió que, ahora sí, va a gobernar a todos los mexicanos sin chistes ni payasadas; sin descalificaciones ni ofensas. Que va a gobernar a quienes le dieron su apoyo, pero también a quienes no se lo dieron.
De ahí que la próxima titular de la Sener haya hablado con conocimiento de causa ante el gobernador Alejandro Moreno Cárdenas; ante empresarios y medios de comunicación el día que visitó la Isla de Tris, de que AMLO -se dice, un hombre de palabra que cumple lo que promete- no tomaría decisiones a la ligera en asuntos que competen a los campechanos, sino que lo haría de manera responsable, sin arbitrariedades, buscando siempre el beneficio anunciado, dándole su lugar a quien por antonomasia representa a la primera autoridad en el estado. Y tiene que ser así.
Por sobre todas las cosas, Nahle García fue clara y contundente al advertir que la instalación de la petroquímica en la Península de Atasta dependerá del resultado de los estudios que realiza el Instituto Mexicano del Petróleo, esto para determinar el impacto ambiental que generaría en la zona, así como su factibilidad técnica y económica, que permitan a López Obrador tomar decisiones responsables, no arbitrarias, para desarrollar ¿o cancelar el proyecto?
Éste, a decir verdad, es el punto que hace ruido, debido a que si los estudios determinan la inviabilidad del proyecto por ser la Península de Atasta área natural protegida que fundamenta la conservación del hábitat en extensa zona del litoral campechano, que incluye la Laguna de Términos, la propuesta de construcción de la refinería daría un giro hacia un sitio distinto al señalado por AMLO.
En caso de darse un dictamen en esos términos, López Obrador tendría que encontrar alternativas, en Carmen o en otro sitio que pudiera ser el municipio de Champotón, para dar cumplimiento a esa promesa de campaña, sin que sea pretexto para cancelar definitivamente el proyecto y dejar “colgados de la brocha” a los campechanos, que sobradas esperanzas tenemos de que por fin la Revolución nos haga justicia. Ni más ni menos, el juego de poder que enaltece pero que también aniquila. Apostamos por lo primero.