Hágase tu voluntad… y no la mía

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Hago uso para el presente escrito, de una oración cuyo milagro estriba en la reflexión, previo análisis del que ha conocido el fondo de un sumidero en que muchas veces se convierte la existencia. Conocer un problema, jamás ha sido el verdadero problema, reconocerlo y hacerlo propio, es lo que tiene un incalculable valor testicular, pues requiere de agachar la cabeza, declararse vencido, pues solo así, podrás luchar de frente y sin ventajas con el mismo. A la letra dice: “¡Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que sí puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia. ¡Hágase tu voluntad y no la mía!
¿Quién por decisión propia acepta un cambio, sin haber experimentado fuerzas obligadas que siendo generadoras de desesperación, se vislumbran como única salida para la sobrevivencia? ¡CAMBIO!, palabra mágica, pero a la vez aterradora, palabra con mucha significancia, pero por el miedo con un solo significado, palabra que invita a un comportamiento innovador, rodeado de gente que tendrá que aceptar mi innovación y si en verdad es tan fuerte y proyectiva, seguirla como un ejemplo de vida.
¿Hasta donde esto pudiera tener una verdadera trascendencia?. ¿Habría que morir en el pasado para atreverse a nacer en un presente capaz de romper con la dependencia crónica, condicionante de los niveles de pobreza paupérrimos, que son sinónimo de una raza que traspaso tiempos y espacios y de una cultura que vive y late en cada cuerpo derrotado que asimila que su fuerza y valor actuales tan solo está en la aceptación?
Para que pudiera haber cambio primero se debe tener decisión, coraje, reconocimiento y valentía. Cuanta gente ha entendido esta inmensa oración y la ha blandido como escudo y coraza, para luchar contra los más fieros dragones a los que de manera voluntaria le fueron entregados los tiempos de existencia. Es mentira que las piedras no tengan valor y solo sirvan como estorbos de caminos de quienes se atreven a andar. ¡Imagínense el valor de una piedra antes y después de ser tocada y convertida por Miguel Ángel Buonaroti! ¡Entonces, todo está en uno, parte de uno y es responsabilidad de uno, ser y hacer, pensar y decidir, atreverse y cambiar, moverse y caminar, pensar y construir. Ya basta que siempre sean otros quienes construyan por ti, siempre poniéndote como pretexto, aduciendo que es por tu bien, de tu familia, de tu pueblo, de tu municipio, de tu estado y de tu país.
Hay que reflexionar que la decisión para aceptar o rechazar, es el punto neurálgico de la asimilación, pero es tan solo un momento del proceso completo del cambio que vierte tentaciones que las más de las veces son las causas de la derrota del hombre por su ambición, que aunque efímera, le dio la luz suficiente para engalanar una marquesina en la que su nombre fue burla y risa de quienes al final cambiaron la sonrisa angelical por la carcajada estruendosa, y las palabras llenas de promesas por el olvido o el rechazo definitivo al ya nada significar para sus fines aviesos.
Ya no hay que preocuparse de qué, quien o quienes. Ahora hay que ocuparse de disipar las carencias de valor y ocuparse de avanzar de frente para tener la serenidad de aceptar, de decidir, de cambiar y de reconocer, porque de no hacerlo así, la mirada al infinito, en una aceptación total, será para seguir gritando HÁGASE TU VOLUNTAD Y NO LA MÍA!

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