Fracaso… en el triunfo

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De acuerdo con los diccionarios, “fracaso” es “la frustración de una pretensión, o el resultado de la adversidad”, aunque también se marca como “la caída o ruina estrepitosa de algo, un suceso lastimoso, inopinado o funesto”.
Vaya, pero qué manera tan perfecta para definir aunque no hay persona que acepte para sí, cualquier concepto relacionado con el mismo, ya que las nuevas generaciones están más relacionadas y de manera muy cercana, con aquellas definiciones que hacen la diferencia, dejando la huella en la espuma y el concepto en la piedra. “El fracaso se olvidó para dar paso tan solo a dos tipos de gentes, a los que nacen con estrella y aquellos que en su mediocridad, nacen estrellados”.
Alguna relación tendrá entonces este concepto, con el grito generalizado y que en las marcas que va dejando han servido y seguirán sirviendo de guía, a quienes en los padrinazgos aceptan los bautizos del servilismo para buscar entrada al restringido mundo de la vanidad, el poder y la opulencia? “El error es de los muchos que están afuera siguiendo la escuela conductista en que la manipulación está marcada con un aplauso, una palmada, un chiflido, o acaso, una mentada”. Estamos en una sociedad tan alrevesada que ahora “los patos le tiran a las escopetas”, tan solo para entrar al juego de “las gallinas de abajo que en lo increíble, defecan a las gallinas de arriba”.
Políticos se hacen funcionarios e instituciones completas se tambalean al dejar de funcionar sin una culpa moral que tal vez pudiera hacer retomar el timón de un barco sin dirección ni destino definido, cuando por el contrario, se soslaya a la capacidad y a la experiencia, para dar paso a la vulgaridad y a la barbajanería, sin remordimientos y sí con el dejo de superioridad que establece con claridad que “no tiene la culpa el indio, sino el que lo hizo compadre”. Misión, Visión y Ética, descansen en paz.
Entonces el fracaso, sin transformaciones en la estructura objetiva de la palabra, tan solo manejará soluciones que seguirán siendo aparentes, de maquillaje, discursivas o retóricas, en la acepción peyorativa del término. En buen cristiano esto significa la magia del buen manejo de números que cambian toda una historia roja, en una historia llena de colores en donde no existe fondo, pero si múltiples formas para vestir y transformar al Jorobado de Notre Dame en el hermoso Apolo hijo de Zeus, sin menoscabo del temor o la vergüenza, para danzar en el cinismo de la varita mágica de los momentos, que se convierten en sus momentos mientras dure el romance con el padrino poderoso.
Increíble el peso de las jerarquías imaginarias de los apellidos, del vínculo de amistad y lambisconería con la alta burocracia y el poder delegado que convierte al humano carente de conciencia en pequeño emperador que en su dureza, responde al poder delegado con sumisión ciega, que en vez de convertirlo en aliado del triunfo, lo convierte en cómplice del fracaso. Esta no es una denuncia anónima sino el enfrentamiento de la moda que cada tres o seis años saca sus escaparates de seres extraordinarios que van heredando puestos y funciones, montados en las espaldas de la justicia, del respeto y de la honestidad, encerrando en las burbujas pestilentes del rechazo, a quienes no son de su agrado, tienen capacidad demostrada y que no son reflejo de aquellos que desde cualquier punto que se les mire, tan solo demuestran ser fracaso… en el triunfo.