Femenina sí, feminazi no

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No, no me considero feminista. Siempre me he autodefinido “femenina”, porque entiendo que al nacer con el género de mujer no sólo nací para parir, lavar, limpiar y ser obediente.
Entiendo que soy una persona con derechos y con la libertad de ejercerlos, que me preocupa que no importe si tengo vagina o no, para hacer lo que quiero.
Que pude elegir entre ser futbolista, albañil, médico, escritora, cocinera, presidente del país o ama de casa. Todas las profesiones son dignas y sí escogí.
Que decidí entre ser lesbiana o heterosexual, entre tener novia o novio, o ser soltera externamente o casarme. Pude elegir estudiar o no, trabajar o no. Que todavía puedo elegir entre ser madre o no. Que puedo elegir mi sexualidad, pude elegir entre llegar virgen ante el matrimonio o no, entre tener solo una pareja sexual para toda la vida o 40, sin ser juzgada.
Puedo elegir muchas cosas y estoy consciente de eso. Porque tuve la fortuna de que mi mamá nos diera las armas, tanto en libros, estudios, valores y libertad, para despertar este sentido de femineidad que tanto a mí hermana cómo a mí nos dio las oportunidades de ser las personas que somos.
Hasta hace tres años, exhibía con alegría mi soltería, había logrado rebasar los 30 años sin estar casada. Presumía haber estudiado, paseado, viajado, comprado y gastado a mi gusto, y en más de una ocasión, ante la idea machista de que “ya se me había ido el tren”, contesté con cierto dejo de tristeza a otras mujeres que a los 16 ya tenían a un bebé que mantener, que prefería que se me vaya el tren antes que ser alguien dependiente de un hombre. Por supuesto que jamás nos van a dar lo que queramos, sino lo que puedan darnos.
Abogo y abogaré siempre por la autonomía económica, social, moral y emocional de las mujeres.
No, no soy del tipo de feminista que odia al hombre, que se arranca los vestidos en mítines raros, donde odian tantas cosas y no se ponen a construir. Porque criticar, marchar, gritar, ofender, gritar y agredir nunca será parte del trabajo de la mujer para beneficiar a otras mujeres. El feminismo del siglo XVIII, es totalmente diferente al que existe ahora.
Sin embargo, estoy segura de que pese a lo mucho que hemos avanzado las mujeres, todavía no estamos ni cerca de una igualdad y equidad. Todavía tenemos que ir contra estigmas de género, todavía somos las tontas al volante, las provocadoras de los violadores, las amantes quitamaridos (quitando a los hombres la culpa de su bajeza), las “pirujas” que ejercen su libertad sexual, la que actúa de tal o cual manera en el trabajo por cuestiones hormonales.
Puedo seguir la lista con un millar de ejemplos, pero quisiera decirles que la lucha más grande, es la que llevamos dentro del gremio: la falta de sororidad. La falta de fraternidad entre nosotras, tenemos que abrir los ojos a nuestras necesidades para poder ejercer nuestros derechos como queremos.
No es con agresión como lo vamos a lograr, ni con discursos de odio a los varones, ni con los pelos pintados de azul, ni con desnudos en las calles. Es siendo más firmes en defender lo que hemos logrado, ¿Trabajas? Sé la mejor de todas, no mejor que un hombre. ¿estudias? Sé la mejor. ¿Eres esposa? Educa a tu esposo para que cada quien tenga su propio espacio y sus derechos, sin aprovecharse el uno del otro. ¿Eres madre? Haz de tus hijos e hijas seres humanos alejados del machismo. ¿Ama de casa? Que sea porque lo decidiste, pero pide remuneración. Haz lo que quieras, pero porque así lo has decidido, y dónde te pares, educa a todos para eliminar el machismo.