Dos espías en Caracas

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EN MI OPINION
Margarita Rosa Rosado M.

La novela que da nombre a esta entrega es de Moisés Naim, analista político de origen venezolano radicado en Estados Unidos, que durante 14 años estuvo al frente de la revista Foreign Policy y que ocupó importantes cargos en la Venezuela pre-Chávez, como Ministro de Fomento y Director del Banco Central; también ha sido Director Ejecutivo del Banco Mundial y desde 1993 ha estado vinculado al Carnegie Endowment for International Peace, un think tank con sede en Washington. En 2011 recibió el Premio Ortega y Gasset, el galardón más importante del periodismo español.
Quizá uno de sus libros emblemáticos es El fin del poder, publicado en 2013, donde analiza cómo, a su juicio, los gobernantes actuales (presidentes, primeros ministros) ya no tienen el mismo poder que tuvieron sus antecesores en el cargo, 30 años atrás o menos, debido en buena medida al surgimiento de una sociedad civil que se organiza y actúa, de medios de comunicación no tradicionales como las redes sociales que transmiten información al margen del Estado y otros factores. Sin embargo, ciertas capas de la sociedad no parecen notar este déficit de poder y siguen suponiendo poderes casi absolutos de sus gobernantes. Esta es su primera novela, no me atrevería a decir que trabajo de ficción ya que si bien existen lógicamente personajes y situaciones ficticios, el verdadero protagonista de la historia es Hugo Chávez. Si tuviera un subtítulo la novela, podría ser “o cómo Cuba se apoderó de Venezuela sin disparar un solo tiro”.
Me atrevo a sugerir que escogió el género para evitarse tener que documentar hechos y situaciones que podrían poner en riesgo a sus fuentes; en cambio, poniendo todo como producto de su imaginación, Naim puede poner en la boca y en la mente de Chávez todo aquello que probablemente dijo o pensó pero que no podría jurar que lo hizo. El caso es que la narrativa tiene como telón de fondo a un par de espías enviados respectivamente por la CIA y por el gobierno cubano para tratar de intervenir e influir bajo mano en los asuntos venezolanos.
Además de lo ameno de su lectura, que atrapa desde el primer momento, sorprende, y eriza, el paralelismo que va uno encontrando entre el proceso que llevó y afianzó a Chávez en el poder y lo que está sucediendo en nuestro país. A continuación voy a citar algunas frases que fui subrayando durante la lectura. Solo recuerde, amable lector, que el autor siempre está pensando en Venezuela. Ahí le van: “gran parte de la clase media y hasta gente de la más alta alcurnia también simpatizan con el discurso regenerador de la moral pública que el líder disemina por todos los medios de comunicación”; “el candidato presidencial revela un extraordinario talento para ‘leer’ a su audiencia y dar un discurso a la medida de las esperanzas y los miedos de quienes les escuchan”; “este tan aventajado movimiento político-religioso hace que las campañas rivales se vean y se sientan anémicas”; “no hay quien supere al héroe del pueblo en su don de palabra, en su carisma”; “promete respetar la independencia de los medios de comunicación privados. Promete no ser autoritario. Promete. Promete. Promete.”; “el candidato ya está seguro de su futuro político-: ¡Nada ni nadie podrá evitar el triunfo del pueblo el próximo domingo!-grita”; “Casi todos los senadores, diputados y gobernadores que Hugo apoya ganan. Todo apunta, pues, a que tiene las vías despejadas para gobernar sin cortapisas.”; “Los escépticos y los cautos son minoría”; “La emoción dominante es la de un optimismo abrumador. El país espera todo de él aunque la economía no traiga buenas noticias”; “Por donde pasa despierta delirantes manifestaciones populares de apoyo. Todos quieren verlo, tocarlo, gritarle que lo aman.”; “Chávez gobierna desde la pantalla. Su programa se convierte en el medio perfecto para anunciarle al país sus próximas acciones, o intenciones”; “No hay nada más confuso que un engreído autodidacta con poder que no sabe lo que no sabe”; “en estos tiempos es necesario para los gobernantes parecer democráticos aunque en la práctica no lo sean”; “a veces pareciera que no gobierna sino que está en una campaña electoral permanente”; “También repasa su pensamiento político, informa sobre sus planes y medidas, regaña a ministros, insulta a sus opositores y defiende la obra de gobierno”; “Para dicha de los pobres y malestar de los ricos Hugo insiste, de nuevo, en que va a barrer del mapa a los viejos poderes oligárquicos”; “Nadie sobresale. La oposición sigue perdida”; “yo soy ustedes. Yo soy el pueblo”; “Concentración: controlar los organismos del Estado que limitan el poder del presidente”; “Hugo se ocupa de
encolerizar a sus seguidores y de demonizar a sus opositores, a quienes no trata como rivales políticos sino como enemigos mortales que no tienen derecho a existir”; “su necesidad de sentirse superior a los demás le da el derecho de ser un transgresor. No siente obligación alguna de respetar leyes, costumbres o compromisos”; “‘El que no está conmigo está contra mí.’ Para Hugo este no es un dicho más. Es casi un mandato divino.”
¿Así o más parecido, amable lector? Lea la novela, si es que se atreve.