Las historias humanas han tenido siempre una tendencia a construirse desde el binomio del bien y el mal. Las narraciones bíblicas constantemente recurren a la idea de dos poderes que disputan por imponer su ley en el mundo, y cuya lucha trasciende hasta nuestras decisiones morales.

En este sentido, luego de varios miles de años las sociedades aún se siguen construyendo a partir de historias de guerra que son usadas para sustentar las decisiones políticas e ideológicas de los gobiernos, las iglesias, los pueblos… Somos los narradores de nuestras leyendas y, a la vez, los personajes. Pero entre estas historias ¿qué papel nos ha tocado?, ¿somos los buenos o los malos?

En un mundo tan polarizado como el que vivimos casi nadie suele hacerse esta pregunta. Todos asumimos que luchamos desde el lado de la bondad. Y quizá esa sea la razón por la que existe una necesidad exagerada de imponer nuestros pensamientos, porque justificamos las acciones con la idea de un bien común (si es que eso existe).

Un mal de nuestros tiempos es esa forma violenta de alzar la voz, de exhibir a quienes no piensan como nosotros y de denigrar a quienes viven diferente. Sin embargo, lejos de alcanzar un progreso estos enfrentamientos solo dividen sociedades.

Sinceramente, nunca he creído que el camino sea juzgar a los que no comulgan con nuestras creencias, ya que algunos hemos construido nuestras convicciones gracias a la educación. Es por eso que somos conscientes de las desigualdades de clase y género, de temas tan cotidianos como la discriminación, el impacto ambiental y demás problemas “silenciados” en la sociedad. Incluso esa conciencia nos hace luchar día a día con la motivación de transformar al mundo.

Sin embargo, años atrás, nosotros mismos quizá pensábamos diferente, no podíamos ver problemáticas que en ese entonces parecían tan naturales y que ahora resultan imperdonables. Tuvimos que atravesar por procesos difíciles para destruirnos y reconstruirnos a partir de los cimientos.

Algunos somos afortunados porque la educación nos ha hecho pensar de manera radicalmente distinta a como pensábamos años atrás, y por eso ahora sentimos mayor libertad, control y, en algunos casos, felicidad.

El pensamiento crítico nos ofrece el derecho de ser personas con mayor empatía a los problemas de los demás. Entonces, ¿por qué empeñarse en denigrar, ofender y juzgar a todos aquellos que aún no piensan como nosotros? No tenemos derecho alguno de juzgar a quien no comparte nuestra visión. El conocimiento nunca otorgará permiso parecido. Más allá del respeto a nuestras igualdades, tendríamos que aprender del respeto a las diferencias. Al fin y al cabo aquí no existen buenos ni malos. Todos somos humanos.