A veces hay que tirar la vaca por el barranco

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Cuando los años te van haciendo viejo, las experiencias te van haciendo sabio y la imperfección te refleja como el ser humano que jamás dejaste de ser, entonces cada palabra pronunciada tendrá el mismo efecto de la máquina que remueve la tierra con la fuerza de la esperanza, para convertirla en el vientre amoroso que habrá de cobijar una semilla, y en el milagro de la vida, la explosión que dará paso a nueva a vida, y como consecuencia, a frutos que a la larga también servirán como semilla para continuar con el hermoso proceso de la existencia. AL ÁRBOL SÓLO SE LE CONOCERÁ POR SUS FRUTOS”, hermosa frase que no necesita de letreros o de credenciales para presentar a las personas, no por sus nombres sino por sus acciones, no por sus características físicas sino por sus conductas, no por su posición económica sino por sus valores.
Porqué si de siempre esto había sido causa de orgullo, la palabra empeñada que no necesitaba de firmas comprometedoras, el respeto a los semejantes que iban de padres a hijos como una cadena bien eslabonada, la confianza en todos y el apoyo desinteresado para todos con beneficios colectivos comprobados pues siempre se generaron en un ambiente propicio de armonía y equilibrio compartido, el mirarse de frente para juntos tomarse de las manos para caminar hacia la misma dirección sin reclamos ni envidias, ¡No es ciencia ficción, es algo que vivieron nuestros padres con sus padres y con sus abuelos, y algunos de nosotros con ellos! Esto me trae a la mente el cuento chino que les relato groso modo: “…un aspirante a monje con muchos deseos de aprender, ilusionado preparándose a diario para ello, escuchando a su maestro en todo, disciplinado y cumplido. Un día salieron del monasterio a caminar junto al maestro, hasta llegar a un pueblo y dirigirse a donde una familia humilde; los recepcionaron y a pesar de su pobreza compartieron con ellos el pan y la sal, ellos subsistían tan solo por una vaca que tenían, que les daba lo suficiente para vivir aunque con penurias. Cansados tras la plática se dirigieron a donde pudieran dormir, pero en vez de ello el monje le dice al discípulo que tomara la vaca y la aventara al barranco sin hacer pregunta alguna. Su disciplina le impidió rebelarse y cumplió su cometido, haciendo el camino de regreso en silencio. Y así el tema de la vaca no se tocó hasta pasados unos años en que el maestro le dice de nuevo que regresaban al pueblo de los campesinos. Caminaron en silencio pero al llegar en lugar de la choza endeble había una hermosa construcción y muchos signos de opulencia, sorprendido el aspirante a monje pregunta a quien estaba en la puerta de la casa qué había sucedido con las personas que ahí vivían, obteniendo como respuesta que eran las mismas familias. Que sin la vaca se vieron en la necesidad de trabajar, que su trabajo les había rendido excelentes frutos, que tuvieron para comer, vestir y vivir bien, y que ya nadie se acordaba de la vaca. El monje solo sonrió y se regresaron al monasterio. La sabiduría estaba comprobada. La vaca los hacía mediocres y conformistas. Lo mismo que nos sucede a quienes vivimos acostumbrados a las dádivas y regalías trienales o sexenales que nos mandan a subsistir en las porquerizas colectivas esperando el grano, el olote o los desperdicios que nos mantengan vivos sin pensar en que…¡A VECES ES NECESARIO TIRAR LA VACA POR EL BARRANCO! ¡EL PROBLEMAS ES IDENTIFICAR LA VACA!
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